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domingo, 20 de noviembre de 2011

El convento de San Luis del Monte

 Este artículo tiene unos añitos y está publicado en el Boletín de Saxoferreo, Asociación para la Defensa del Patrimonio Cultural de Palma del Río. Cada cierto tiempo me doy una vuelta por el trayecto que va por la orilla del Retortillo hasta San Luis. Merece la pena pasear por allí, a pesar de las cada vez más abundantes barreras de alambres de espino.

  En la misma orilla del pantano que el popularmente llamado castillo de “Malapie” y a dos kilómetros de distancia aproximada continuando el cauce en dirección noroeste, observamos como se levantan algunas ruinas de lo que en tiempos fue un retiro franciscano en las primeras estribaciones de sierra morena. Dicho aislamiento monástico recibió con el tiempo la denominación de hospital. Uniendo así el afán de retiro espiritual con el de sanación de enfermedades pulmonares tan comunes en épocas pasadas.


Haciendo un recorrido por la historia de este singular enclave, podemos descubrir que la narración de su mítica fundación tiene mucho que ver con la personalidad de un monje eremita franciscano llamado Fray Juan de la Puebla que como dicen las crónicas “era un siervo de Dios que huía de los pueblos y amaba soledad y desierto”. Este fraile habitaba entre los riscos con afán de retiro, cuando en nuestro pueblo se propagó la epidemia más nociva de la historia europea. Dicha pandemia aparecida en 1348 en el viejo continente acabó con el sesenta por ciento de la población europea durante los siglos XIV y XV. En Palma del Río apareció con especial virulencia a lo largo del año 1492 y en esta fecha se contagia el hijo de los Portocarrero ( los señores de Palma). La enfermedad no distinguía entre nobles y siervos, y el mal se extendía en forma de bubones por el cuerpo del heredero del señorío palmeño. En los umbrales de la muerte los Portocarrero encomendaron la salud de su hijo a Fray Juan de la Puebla quién terminó sanando al futuro señor de Palma. “Agradecidos... al singular beneficio” dichos aristócratas determinaron crear un convento bajo la advocación de  San Luis Obispo. Como el monje ansiaba soledad y retiro determinó situar el futuro convento en “las faldas de Sierra Morena y mirando a los llanos de Andalucía” cercano al cauce del afluente norteño del Guadalquivir, el Retortillo. 




Pasados los años D. Luis Portocarrero “no olvidó el beneficio de haber recuperado la salud” y continuo protegiendo a los habitantes del convento de San Luis del Monte. Con el tiempo, dicho asentamiento franciscano se convirtió en lugar de sanatorio para los monjes enfermos del convento de San Francisco en Palma y en lugar de retiro espiritual hasta su abandono a lo largo de la Edad Moderna. Actualmente sólo contemplamos unas ruinas de la humilde construcción serrana de estos monjes. El magnífico lugar donde están situadas, es una suave pendiente que termina en la orilla del actual pantano del Retortillo.  En tiempos dicho convento contó con una próspera huerta de naranjos, limones y hortalizas que se abastecía de un aljibe cercano. Además en las proximidades de San Luis del Monte existe un valle lleno de cuevas  que según la documentación eran “acomodadas al retiro, y vida penitente” de estos religiosos. La proximidad de Santa María de los Ángeles en Hornachuelos facilitó el traslado de algunos frailes de dicha comunidad al nuevo convento de san Luis, quedando enclavados los dos cenobios en lo que se denominó la Santa provincia de los Ángeles.




Para concluir debemos mencionar la sencillez de su iglesia y de su arquitectura conventual de la que conservamos sólo algunas ruinas. El lugar en la actualidad continúa ofreciendo al visitante multitud de alicientes paisajísticos. La tranquilidad que buscaron los franciscanos aún habita en aquel baldío, hoy páramo solitario que conserva la decrépita mansedumbre de un lugar de retiro majestuoso.



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